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Felipe González: ¡Qué asco!

Asco fue lo que me dio la vomitiva declaración de Felipe González Márquez sobre "Podemos". Como sabeis, tras calificar los resultados obtenidos por este grupo como algo parecido a un sarpullido (y, como tal, pasajero y nada preocupante), luego, por si acaso, advirtió que instaurar un régimen bolivariano en España sería un desastre de propoprciones poco menos que apocalípticas; y que si esto llegaba a ocurrir, le quedaría el consuelo de poder decirnos que él ya lo había dicho. Es evidente que este personaje no se leyó el programa económico de "Podemos". De haberlo hecho se habría percatado de que se trata de un mero "reformismo" del capitalismo, y que, por lo tanto, en absoluto toca lo esencial de este sistema económico: la libertad de explotación. Sin embargo, tal descalificación es perfectamente comprensible. El nombre de Pablo Iglesias (fundador de un PSOE estrictamente marxista) trae a la memoria de Felipe Gónzalez todos y cada uno de los principios del socialimos que él tracionó. Felipe González es uno de los personajes más siniestros y nefastos de este país desde la llegada a España de lo que él y muchos más llaman la "democracia", tras la muerte de Franco. Es, repito, un gran traidor a los fundamentos del socialismo, en la medida en que, junto con la camarilla dirigente del PSOE, propició el abandono efectivo del marxismo como principio inspirador y motor del partido. Y lo hizo de la manera más baja que se podía hacer: de forma plebiscitaria hacia su persona, escenificando una dimisión y diciendo que si querían que volviera a ser secretario general, había que dejar el marxismo de lado. Luego, en el poder, tras el engaño de lo de "OTAN de entrada, no", se volcó en el sí a favor de la permanencia en tal organización. Y, cómo no, fue el gran paladín, sin referendum alguno, por supuesto, de nuestro ingreso en el entonces Mercado Comun, club capitalista por excelencia. Naturalmente, tal entrada se consigió, entre otras muchísimas cesiones, mediante una salvaje reconversión económica conseguida a base del cierre de empresas públicas, de la entrega de muchas al sector privado y todo ello aderezado con miles y miles de despidos. Todavía tengo en la memoria a las hordas de las fuerzas del orden público lanzadas por el Gobierno del PSOE contra los trabajadores que prentendían defender sus puestos de trabajo. Y esto lo hacía un partido que se autodenominaba y sigue autodenominándose "socialista obrero". Otra de las cuestiones que también hay que "agradecer" a este elemento es haber continuado apoyando, mediante la adopción de todo tipo de medidas del gusto de los capitalistas, la paulatina e imparable pérdida de derechos de los trabajadores, proceso ya inicidado con los nunca suficientemente malditos "pactos de La Moncloa" y que, como digo, Felipe González continuó con entusiamo y sin que le temblara el pulso.
La guinda a tan brillante carrera la puso cuando, recientemente, tras abandonar el consejo de administración de una gran empresa, dijo que lo hacía porque se aburría. Me resulta imposible concebir un acto de desprecio y de insulto mayor a millones de parados, a millones que no tienen ningún ingreso, a millones cuyos puestos de trabajo penden de un hilo y a millones que tienen unos salarios basura.
Ciertamente, hay que concluir que gente tan despreciable como este Felipe González tiene suerte de vivir en un país donde los millones de explotados que lo habitan están totalmente anonadados y sin capacidad de respuesta. Algo tendremos que hacer para espabilarnos ¿Podremos?

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